domingo, 22 de marzo de 2009

Quienes somos?

TAMBIÉN SON FAMILIA E IGLESIA
Fernando Solá, op.

Me han pedido, más aún, me han insistido que escriba algo sobre la situación de los divorciados vueltos a casar. Lo mío no es escribir, ni enseñar a nadie y mucho menos polemizar en un tema como éste. Lo mío es acompañar. Así me lo he propuesto y, desde hace tres años, camino con unos pocos matrimonios que se reúnen dos veces al mes en nuestra Parroquia de los Dominicos. Se autodenominaron “Grupo del Alfarero” inspirados por el texto de Jeremías, capítulo 18, donde el Profeta dice: “Bajé a la casa del alfarero, y lo encontré trabajando en el torno. Si se estropeaba la vasija que estaba haciendo mientras moldeaba la arcilla con sus manos, volvía a hacer otra a su gusto. Entonces el Señor me dijo: ¿Acaso no puedo yo hacer con ustedes, pueblo de Israel, igual que hace el alfarero?”

En el grupo hablamos de los desafíos de una nueva unión y las dificultades que surgen de la relación con los hijos de uno, de otro y de ambos conyugues, así como con las familias de ambos, y otros problemas a los que deben enfrentarse en su nueva situación. De una manera especial tratamos los aspectos que se refieren a su condición de creyentes y su pertenencia a la Iglesia.

Cuando digo que me propuse acompañar a ese grupo, no me refiero solamente a estar con ellos, sino a participar de sus inquietudes y aspiraciones. Juan Pablo II en su exhortación apostólica “Familiares Consortio” al referirse a las uniones libres de hecho, pide a la comunidad eclesial que “se preocupe por conocer tales situaciones y sus causas concretas” (FC.81) Cabe decir lo mismo de los divorciados vueltos a casar. De ellos dice expresamente en el número 84: “En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia”. Es un buen deseo, pero hacen falta signos y pasos más expresivos de esta voluntad.

Las personas que están en esta situación no pueden ser un “problema” para la Parroquia ni para la Iglesia. Más bien me pare que son la ocasión para avanzar en la comprensión necesaria de una realidad humana que aflige a muchos hermanos y hermanas en la propia comunidad cristiana. Tomar la decisión de divorciarse suele ser un proceso largo y doloroso, acompañado, muchas veces de un sentimiento de culpabilidad. Y puede ser que la haya, en cuyo caso es necesario asumirla y experimentar el perdón. Esto es lo que piden a la Iglesia aquellos que siempre pertenecieron a ella. Con mayor razón necesitan de su benignidad aquellas personas que han sido abandonadas injustamente o que encuentran en un divorciado o divorciada al compañero o compañera ideal para hacer un proyecto de vida.

En una ocasión escuché decir a una madre de varios hijos, divorciada y vuelta a casar, que con su nueva unión había salvado su vida y la de su familia. Y pensé ¿no será eso lo que Dios quiere? Pero la Iglesia también dice lo que Dios quiere con respecto al matrimonio. Definitivamente, lo que Dios quiere es la vida y ésta en abundancia, y en el Evangelio vemos que Jesús, en nombre de su Padre, defendió la vida por encima de las leyes más sagradas.

No cabe duda que el plan de Dios es que el matrimonio sea para siempre, indisoluble, como también quiere que haya justicia en el mundo. Pero cuando no se da, conseguirlo se convierte en una tarea y un ideal irrenunciable. La entereza con que estas parejas divorciadas y vueltas a casar cuidan y defienden su segunda unión es una prueba de la exigencia del amor y de la necesidad de que el matrimonio sea indisoluble. Cuando el amor y el matrimonio se han roto irreversiblemente, existen varios caminos y uno de ellos es intentar una nueva unión y rehacer la vida.

Es lamentable que, personas que se toman muy en serio su vida de fe y que viven responsablemente el amor conyugal en una segunda unión, sean excluidos de la mesa eucarística y de los sacramentos. Este es uno de los sufrimientos más agudos de los cristianos que viven esta situación. Es lícito desear y esperar que en un futuro no lejano el magisterio de la Iglesia llegue a declarar que un matrimonio, válidamente celebrado, a causa de una ruptura irremediable del vínculo y con un discernimiento serio y honesto, pudiera considerarse que deja de ser sacramento de la Iglesia, o cuando menos, pueda tener acceso a la plena Comunión de la Eucaristía.

Para la Iglesia, la dificultad, hoy por hoy, está en poder distinguir el criterio evangélico y el jurídico. Un camino podría ser que se fortaleciera el concepto sacramental del amor en el matrimonio, como expresión del amor de Dios, y sin el cual no existe sacramento. Actualmente hay muchos estudios serios que proponen nuevas perspectivas sobre el sacramento del matrimonio, y corresponde a los moralistas seguir en la búsqueda de soluciones a la problemática que se presenta desde la teología, la moral, el ecumenismo el derecho y la pastoral. Mientras tanto, me parece oportuna la indicación del reconocido sacerdote redentorista, Silvio Botero, al afirmar que “Esta nueva perspectiva conlleva unas exigencias particulares: en primer lugar, educar al pueblo de Dios, no tanto para obedecer a la ley de la indisolubilidad matrimonial, cuanto para cultivar, en forma personal y responsable, el valor de la fidelidad conyugal como vocación que se funda en el amor fiel. En segundo lugar, se debe tener presente que hacer flexible la norma no significa debilidad, complicidad ni tampoco la “ley del menor esfuerzo”. Es un bajar para rehabilitar (Botero, 2005: 357-377); es decir, atender a la debilidad del hombre para capacitarlo en vista a una respuesta más plena a la vocación de alianza”.

Bienvenidos a Alfarero Uruguay